
Guillermo Almeyra
Entramos en un año que, para los trabajadores y los sectores populares de todo el mundo traerá aún más dificultades, penurias y desgracias. Las ganancias de los bancos y las bolsas no quieren decir que la crisis ha terminado, sino que su salvataje a costa de los contribuyentes mantuvo la burbuja financiera, lo cual hace que la inversión en ese sector especulativo sea más atractiva que invertir en la producción de bienes industriales. Las políticas de reanimación industrial que aplica la primera potencia mundial –Estados Unidos– agravan la crisis misma. En efecto, mantener y aumentar la producción subsidiada de automóviles equivale a un mayor despilfarro de materias primas, con un aumento de la producción de gases con efecto de invernadero que agravará el recalentamiento global. Y tanto la producción de energía nuclear como la de biocarburantes ejercerán una presión mucho mayor sobre los recursos hídricos, cada vez más escasos y amenazados por la privatización y a eso habrá que agregar sus costos en destrucción de suelos, en competencia con la alimentación o en contaminación por los residuos radioactivos. Enteros países africanos enajenarán sus tierras –como lo hace ya Etiopía– a China, Corea del Sur, India, que sembrarán en ellos los alimentos que necesitan, por supuesto a costa del hambre de los países huéspedes. La imposibilidad de llegar a un acuerdo en Copenhague sobre el problema climático debido a que cada potencia defiende a sus” capitalistas a costa del futuro humano (incluida China) tendrá también enormes consecuencias pues la subida de los mares amenazará a todas las zonas y ciudades costeras (tanto en los países menos industrializados como en las metrópolis), la desertificación de enteras regiones y la creciente carencia de agua estará unida en otras zonas con grandes inundaciones y aumentarán la intensidad y el número de los cada vez más destructivos huracanes tropicales.
Ese es el gran problema: el capitalismo no se derrumbará si nadie lo entierra y si sus víctimas no son capaces de utilizar la crisis para unirse en orden cerrado, para enfrentarlo en escala regional, continental, internacional, para romper con la política criminal de seguir produciendo lo mismo para los mismos consumos despilfarradores, a costa de todo y de todos, y si no pueden, en cambio, imponer directamente, en autonomía, una producción alternativa y un consumo socialmente responsable. Más desocupación –para el capitalismo– significa más oferta de mano de obra barata, menos sindicatos, más desunión de los trabajadores. O sea, poder elevar la tasa de ganancias para salir de esta crisis, hasta la próxima. Por eso no basta con preservar las actuales fuentes de trabajo: si queremos salir del desastre, además, hay que reorientar la producción y los consumos y luchar por construir otro sistema social.
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